¿Me quiero o no me quiero?


¿Me quiero o no me quiero?
El potencial del ser humano es extraordinario, podríamos decir que rebasa cualquier exigencia. La posibilidad de organizar e integrar los diferentes aprendizajes permite la conducción casi segura a metas concretas e importantes que nos tracemos.

Pero comencemos por el principio. Digamos que desde la formación en el vientre materno, tenemos una antena a través de la cual comenzamos a copiar mensajes. Muchos de estos permanecen (consciente e inconscientemente) y tal información comienza a organizarse de acuerdo con las necesidades de la persona. Este proceso no termina, de tal forma que podemos imaginar cuánta información almacena nuestro cerebro.

Al mismo tiempo hay que agregar que somos seres sociales, por tanto, la relación que se inicia en el vientre materno mamá-feto, se extenderá progresivamente con el resto de la familia, los vecinos, la escuela, el señor de la panadería y pare de contar.

Por consiguiente, las repetidas frases “No seas necio-necia”, “te vas a caer”, “te voy a dar”, “quédate tranquilo-a” están asentadas en nuestro ser, de manera que emergen en cualquier evento de nuestra vida. Entremos entonces en materia: ¿Acaso no nos ocurre que ante la necesidad de clarificación de nuestros conceptos, surjan dudas y entremos en conflicto con nosotros mismos? ¿Cuánto nos cuesta aceptarnos como personas humanas que podemos equivocarnos?

¡Ahí está el detalle! como diría el célebre Cantinflas. En nuestra actuación como adultos fácilmente andamos estableciendo juicios de valor. Y eso es válido. Simplemente que en el trato con los niños y niñas probablemente enfatizamos el NO y quizás magnificamos los errores con sus correspondientes reproches.

Ya creciditos, se presenta la dificultad de admitir los asuntos erróneos y las culpas comienzan a cobrar vida… ¿Me quiero o no me quiero? Nos resulta extraordinario sentirnos satisfechos y complacidos cuando estamos alegres, cuando alcanzamos logros. Sin embargo, cuando la tristeza, la frustración o la impotencia apenas tocan a la puerta; nos cerramos y se acaban las ahora llamadas buenas vibras.

Resulta que el asunto no es tan difícil como parece. En cualquier etapa de nuestra vida hay que hacer un alto y plantearnos la autoevaluación. De una manera práctica e inteligente. En una conversa interior, replantearnos lo que nos genera satisfacción e interés y los que nos genera insatisfacción o desinterés. Todos los seres humanos tenemos sentimientos de agrado, desagrado, alegría, pesar, satisfacción e insatisfacción.

Entonces hay situaciones que me producen tristeza y eso se vale, hay situaciones que me energizan y se valen también. A veces acierto y a veces no. Pero mi valor y amor hacia mi persona se mantienen; simplemente hay aspectos que ameritan revisión. Y aquí si debo poner de mi parte.

¿Me quiero o no me quiero? Pues sí. Me quiero. Pero si me repito con frecuencia que soy una amargada y no ayudo a corregirlo, estaré peleando conmigo el resto de mis días (consciente o inconscientemente) ¿Me quiero o no me quiero? Sí, debería. Pero si maltrato verbalmente a otra persona probablemente es lo que hago permanentemente conmigo misma y no es precisamente una muestra de amor.

Si decir que me quiero es dejar de querer a otros, párate frente un espejo e imagina si cada quien pensara así. ¿Entonces podrías vivir sin que nadie te quisiera? Es decir, una guerra permanente de egos.

Repetir que nos queremos, en un vacío incogruente con nuestra manera de manejarnos, sólo nos conduce a un mal mayor de reclamos interiores. Vivir experiencias, reir con frecuencia, aceptar al otro, saborear las relaciones, nos conducen a una vida de mayor plenitud, con los altos y los bajos que la misma nos depara.

¡Ánimo! Cada persona debe revisar su manera de convivir. Y la mejor es la que nos anime. La que nos permita una relación auténtica con nosostros mismos, de manera que cuando surja la diatriba ¿Me quiero o no me quiero? pueda plantearme una conversación madura conmigo misma sin dudas ni quebrantos sino con la disposición permanente a revisar y autoevaluar los sentimientos hacia mi propio ser.

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